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9.6.17

Dos ángeles

Hace semanas que lo cruzo en mi camino, tiene la piel curtida por el sol y las manos deterioradas, síntoma de haber pasado toda su vida en el campo. Parece no haber tenido una vida fácil, pero aun así, lo veo agitando algún objeto cada mañana para ahuyentar a las palomas y sonreír al hacerlo y mientras espera a que éstas vuelvan a posarse en un lugar cercano.
E imagino, una vida dura, plagada de horas al sol trabajando para labrarse un futuro, en alguno de estos campos de Castilla, para disfrutar del retiro en la ciudad. Quizás ya abandonado por el paso de los años, que irremediablemente nos arrebatan todo. Y tal como sonríe, lo imagino dejándose hasta el alma en cada cosa que haya logrado en su vida.
Lo imagino queriendo, en esas épocas de postguerra a una mujer, que al final cedió ante el empuje de un hombre que valía más por ese corazón que le palpitaba dentro del pecho que por lo que podía darle. Yendo a una verbena, bailando hasta la media noche, como si de un cuento se tratase, en una cálida noche de verano en la que hasta los mosquitos se rindiesen al calor, y a esa suave brisa que soplaba aquella noche. Él, con sus pantalones de domingo y una camisa blanca, raída por el uso, pero aún con una larga vida por delante, acuciada por la necesidad que primaba el llenar el estómago antes que vestir bien. Y ella, con su vestido estampado y unos zapatos con la suela de esparto. Y así, sin grandes lujos, sin ese rimbombante brillo de los bailes modernos de película, sin una banda sonora, con pasodoble español o cualquier otro ritmo entonado por la charanga, y rodeados de la sencillez de esos pequeños pueblos… se deslizaban por la plaza del pueblo bailando. Como si de dos ángeles se tratase.
Y ella se hizo ángel. Mucho antes de lo que a él mismo le hubiese gustado. Las primeras canas y las arrugas llegaron juntos, pero no les dejaron vivir el verano en la gran ciudad. Eso sí, todos los que vivieron, los pasaron caminando juntos, de la mano, por el paseo del Espolón, mirándose como si aún estuviesen en ese baile, como si no hubiesen pasado 60 años, como si aún fuesen esos dos ángeles que a la media noche se despidieron en la puerta de ella, dejándose resbalar las manos en la despedida.
Sólo le quedan esas palomas. Esa media hora, a la sombra del Arco de Santa María, espantándolas, sonriendo. Queriendo que le lleven tan alto, que pueda rozar de nuevo ese cielo en el que se encuentra ella.

Que le sigan volando las palomas, que nunca se apaguen sus sonrisas, que son eternos, y ese arco, jamás olvida.

27.11.16

Declaración A.mistosa de Guerra

Declaración amistosa de guerra:

Este puñado de letras que he sido capaz de recoger, para plasmar en este abismo blanco, tiene un fin muy claro, quiero una guerra contigo. Y quiero que sea eterna, como tú y yo. Siempre he oído que en estos casos, todo vale, y yo quiero que todo lo que valga, sirva para que tengamos una larga y próspera guerra. Porque en el fondo siempre (desde que somos), es lo que he anhelado a tu lado, una guerra interminable, que comience con tus pies caminando junto a los míos y con tus labios atados a mis recuerdos. Que mis pupilas queden colgadas de tus ojeras en esas noches en las que menos dormir, cualquier cosa nos vale.

Esa guerra, eterna, es lo único que me mantiene con vida. Que me empuja a perseguir cada sueño incesantemente, y es que anhelo ir devorando avances, en esta carrera de fondo que nos presentan como una aventura de obstáculos y tan sólo existe uno, nosotros mismos. Pero por suerte, desde que tú, como un maldito faro en la inmensidad del océano, alumbras este camino, me tropiezo bastante menos. Y si caigo, cosa que suele pasar cuando uno quiere correr antes de caminar, sé que estás ahí, para ayudarme a levantarme cuantas veces sea necesario, una y otra vez, hasta que agarrado de tu mano, o más bien enganchado a ella, logremos, juntos, conquistar cada maldito centímetro de esos sueños que perseguimos sin cesar.

Y en esta guerra, en lugar de bajas, quedan recuerdos y cambios a mejor. Me has enseñado a volar a pesar de que no haya red alguna que nos recoja si nos cortan las alas. También, he descubierto que una guerra que empieza en mis ojos y acaba con tus labios apretando con fuerza los míos es lo único que quiero. Sólo quiero una guerra eviterna, de cien años o de lo que nos quede, pero que deje un hueco tan grande en la tierra que cada persona que pase por donde ahora pisamos, sepa que allí hubo algo que fue capaz de parar el mundo.

No dejes que esas alas dejen de agitarse jamás, porque tú, vuelas con tus propias alas, sin más motor que esa sonrisa perpetua, y una larga lista de sueños que poco a poco conquistas y sólo te llevan más y más alto. Siempre querré ser como tú cuando sea mayor, porque no hay mejor forma de pasar los años que seguir mirando la vida con tus ojos, con unos ojos de niña pequeña, que buscan incesantemente cosas nuevas y no pierden jamás la curiosidad, ni el brillo. No dejes que nada ni nadie los apague jamás.

Eviternamente tuyo.






24.10.16

"No me olvides" (Como si eso fuera fácil) A.

Me dijo, mirándome a los ojos, estando los míos empapados de lágrimas, “no me olvides”. Y ella desconocía que la llevaba cosida a mi piel, igual que esa sombra que se aferra a nuestros talones y no quiere nada más que reflejarnos, pues yo la llevaba entrelazada a cada una de mis células epiteliales, convirtiéndome así en todo aquello que ella dejo aquí. En catedral, frío, sonrisa, escaleras de besos, atardeceres eternos en sus pupilas, agujas de una catedral que se rompe ante mis ojos si ella no está, en arco, puente, calle, historia, vida.

Avanzar Impertérritamente Deseando Amarnos. El resumen perfecto de un futuro que ansío a cada palabra que tecleo. Y ella, mientras, me mira con esos ojos que borran al resto del mundo cuando estamos juntos, con esas ganas de nada menos de nosotros, que al fin y al cabo, lo somos todo. Y en esa tormenta de tiempo, cuando todo se nos pone en contra, nos aferramos a la mano del otro y avanzamos, con ese paso firme que se desmarca entre tus pies cuando caminas con la certeza de que este es el único camino que existe para poder llegar a ese estado sostenido de bienestar emocional perfecto si está ello, y algunos lo llaman felicidad, cuando para mí, es únicamente A.

Y una ráfaga de aire, cálido, de un sur imaginario que para ella no existe, me anuncia su llegada, inminente. Y vuelvo a irradiar esa maldita luz cegadora que me acompaña desde que ella existe conmigo, o mejor dicho desde que, por fin, existo con ella. Huele a mar, a isla, a sonrisa constante, a besos largos que dejan sin aliento pero que dan vida, a risas, abrazos, miradas que hablan más que mil palabras.

De nuevo (me) vuela, tan lejos como puede, pegado a esas alas que brotan de su espalda cuando se deja ir. Y ahora sí, está claro, voy a coserla a mi piel, con sangre y tinta, para que ese para siempre que nos hemos prometido desde el inicio de una historia eviterna.

“Ad Augusta per Angusta”, al éxito a través del esfuerzo, como filosofía de vida, de historia, de nuestra historia, que por muy difícil que nos venga, siempre acabamos saliendo a flote, juntos.


“Y si vas a volarme, que sea mientras me clavo en tus pupilas, que nunca se te vaya de esos ojos brillantes, los restos de un tipo que sabe que no hay nada mejor que un vuelo sin motor, si es para aterrizar de nuevo en esos labios, que sólo dan paz. No te olvides de brillar”. M.  

5.10.16

sueñA.

La consecución de un sueño, escalar la cima más alta que uno mismo crea y superarse. Destrozar por completo esas bagatelas que se dedican a lastrarnos.

Y una luz, casi cegadora, me encoge el alma, cada vez que me mira, que me destroza, que me tiembla por dentro y se dedica a empujarme a ser yo, simplemente uno mismo, ese que ya había olvidado y que necesitaba recuperar. La de la sonrisa perpetua, la mirada irreverente, la felicidad constante y consciente de que lo imposible sólo existe en nuestra imaginación.

La risa perfecta a un te quiero, la mirada intensa a un lamento extenso, el perdón oportuno ante cualquier error. Ese gesto tan suyo que me desmonta cada vez que lo hace sin querer y me brillan los ojos al verla ser, simplemente ella…

Un rastro de nieve tras unas pisadas certeras, un brillo estremecedor tras las sombras más oscuras. Y al final de todos los caminos, esos que siempre me dijeron que llevaban a Roma, me llevaron a coser mi sombra a sus talones, para no perder de vista el destino. El futuro perfecto de un tú y yo, tan irreverentemente complejo y tan simple que resulta imposible pensar que no será eviterno.

Y sus ojeras, agudas como las agujas de la catedral, se clavan en mis sueños, partícipes de sus desvelos en las madrugadas eternas que nos atan a la cama. Y sus labios, perfectamente delineados se desdibujan frente a mis dientes que los buscan con esa calma previa a la tormenta, que se desata cuando nos rozamos y por un instante borramos todas nuestras huellas.

Tormenta de arena en plena ciudad sin playa ni mar. Destello de sol entre un millar de nubes, agua en el desierto y frío en el infierno. Simplemente, la sonrisa perfecta para un corazón descerrajado a tiros por una vida que se comporta como si pudiese juzgar una historia.

“Y nuestra historia no conoce principio ni fin, y nuestra vida no es vida si no estamos los dos aquí”. M.



20.9.16

A.lis Volat Propriis

Ella me miró como si nada más existiese en el mundo. Con sus ojos marrones, totalmente abiertos, mientras una sonrisa se iba dibujando poco a poco en su rostro. Tiene una luz tan brillante, que a pesar de cegarte al principio y de asustar, porque crees que por acercarte apagarás o atenuarás su luz, es capaz de invadirlo todo. Se cuela por una rendija y de pronto te hace estallar por dentro, lo pone todo patas arriba y cambia tu semblante serio por una sonrisa, hasta con su recuerdo es capaz de dibujar esa felicidad tan absurda, casi propia de niños, pero que cuando eres adulto es aún mejor.

Y de pronto, te encuentras inmerso en una felicidad que hace años que eras incapaz de experimentar, y el estado transitorio se convierte en realidad, en día a día y en ella. Porque ella es felicidad. Ella, tiene la capacidad de romperme por completo, reconstruirme desde las cenizas y hacerme resurgir cual ave fénix. Ella, que cuando pasas por tu sitio maldito te agarra la mano, la aprieta fuertemente y no dice nada, simplemente espera, a tu lado, por si tienes ganas de huir, para hacerlo contigo, o si por el contrario lo que quieres es llorar, prestarte su hombro. Y después, cuando todo pasa, se planta frente a ti, se pone de puntillas y en un beso de esos largos te susurra, tranquilo, que yo estaré aquí siempre.

Y me rompo. Me deshago de esa estúpida coraza que elegí para protegerme de la realidad y me dedico a ir descubriendo cada milímetro de su cuerpo, con besos lentos, caricias largas y mordiscos rápidos. Y ella, con paciencia, espera que toda esa estúpida aura de un tipo sin alma, se disipe, y con esa luz que le hacen ser casa, empieza a tocar tu corazón, y lo hace latir de nuevo. Como si jamás se hubiese parado, con una fuerza inesperada en un tipo descorazonado por voluntad propia.

Volver a volver. Creer de nuevo en una vida, en un sueño y en un todo que se articula sobre uno mismo, pero con una compañía eviterna. Porque, señoras y señores, seremos eviternos. Sí, si logramos que un solo lugar sea capaz de recordarnos, y tenga la capacidad de hacer vibrar a quienes pasen por allí, o simplemente guarden nuestro recuerdo y nos lo devuelvan a pasar por estas calles, lo seremos.

EVITERNOS. Atemporales. Simplemente un par de personas que comparten luz, camino y destino.

Y hoy, tras todas estas ruinas, dejo que su luz salga con mis letras.


“Ella vuela con sus propias alas, pero créanme si les digo que compartimos el vuelo, que hay destino y nos queda mucho camino por recorrer”.  M.


"Sincericidio" - Leiva