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18.11.14

NORA

Apreciar la belleza invisible de lo que vemos. Admirar, esos ojos marrones, tan comunes que aún se dirigen a nosotros con admiración y curiosidad.

Ver que la casualidad no existe,  y es, tan sólo una realidad ficcionada por esos labios que claman venganza contra tus pupilas.

Unos rasgos casi divinos, que se acaban desdibujando de abajo hacia arriba, desembocando en un océano tan negro como un cielo sin estrellas, en el que, por una noche, me dejaría perder, y encontrar.
Y eso no es todo, la excepcional normalidad que desprende y te embriaga, la hacen sumamente rara, y tan diferente que no quieres perderla de tu lado. Así de simple, tan sólo debes esforzarte en mantener a esos ojos, tan comúnmente extraordinarios, cerca de los tuyos, y que te miren, y mirarlos, cada día como si fuese el último.

Pero eso no es lo difícil, porque todos sabemos alterar nuestra mirada para poder, en cierto modo, cautivar a quien queramos. Ella necesita, y merece mucho más. Deberías dibujar cada segundo a su lado una amplia sonrisa, de esas que llenan los ojos y estremecen el corazón, porque hacerla feliz debe ser lo primero.

Todos queremos sin querer, pero puede que este, sea el momento de quererla queriendo querer, porque una sonrisa, una mirada con esos ojos que brillan, merece que borremos un par de estrellas del cielo, para dejar hueco a una nueva.

La excepcionalidad de lo común hace que no nos demos cuenta de su existencia, y puede que alguno de ustedes vaya detrás de esa rubia tipo Barbie (que habrá muchas que merezcan algo como esto también), o de alguna chica, por denominarlas de alguna manera, de esas en las que la noche resalta una presencia que queda aguada por las mañanas.

Normal, Obstinada, Rutilante, Apasionada. Así es, en cuatro palabras, ella. Nada más, el resto sobra, porque sin ella, todo es nada.



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